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PERROS DE PAJA: PUEBLO CHICO, INFIERNO GRANDE

Yo tampoco conozco el camino a casa, nos confiesa Ben (Dustin Hoffman) en la última y lapidaria frase de Perros de paja. Ben es un hombre pacífico que cree en el pacifismo y en la bondad natural del ser humano. Sin embargo, llega a parar al pueblo escocés de su noviecita, un lugar habitado por depredadores que suscriben ese dicho mexicano genial: pueblo chico, infierno grande.

Ben es matemático, y su noviecita le ligó en Estados Unidos y se lo trajo a casa, una casa que está en un pueblito donde todos los personajes parecen tan vivos y tan acogedores como los zombies de Buffy Cazavampiros. Ella le ama o cree amarle, pero en el fondo le desprecia: él no le hace al caso infantil que las niñas merecen, y como niña pequeña, le borra sus garabatos de la pizarra. Ella le recrimina que no sea más violento, que es una forma de decirle "más hombre". Ben es poco hombre para ella, pues ella cree en la naturaleza depredadora del ser humano, algo que por desgracia sólo Ben puede reconocer en el último rollo de la película y en la frase final. Hasta entonces, Ben es un ingenuo, de ahí su actitud siempre benévola y conciliadora, sin maldad. Como buen matemático racionalista, descarta la fuerza oscura e irracional del ser humano, pues no cree en ella, piensa que debe ser reprimida y aniquilada. A pesar de sus buenas intenciones, el lado oscuro genera poder y atracción en la sociedades primitivas y pre-matemáticas, y es por esto que ella le desprecia, porque ella todavía cree en un sistema de valores del mundo salvaje, donde el hombre sólo es hombre cuando es fuerte y es violento, cuando se vuelve depredador y entonces se reivindica.

La moraleja de Perros de paja es amarga: la civilización no puede someter a la barbarie sino con más barbarie. Que si vis pacem, para bellum, compadre. Y después, Dios dirá, y si no, que lo diga Alá. Posiblemente, Perros de paja sea la película favorita de Rumsfeld, Bush y Blair cuando se toman tres copas de más y se ponen farrucos, pero también líricos y filosóficos. Perros de paja tiene lo que tenía Peckinpah: una reflexión aciaga de la naturaleza humana y un lirismo de la violencia que lo emparenta con Homero, que también hizo violencia en verso. Homero usó el hexámetro, verso de seis pies y muchas sílabas. Peckinpah usó la Dolly, que era la antigua máquina de montar que con muchos pies de cinta conformaba, a partir de sílabas rodadas de forma desprendida y ordenadas en una línea temporal caprichosa, los versos de cada secuencia.

Perros de paja sigue siendo una profunda y hermosa película. Muy violenta para su tiempo, algo en lo que Perros de paja ha envejecido, ya que en esto hemos progresado increíblemente hasta superarnos con creces a todo lo anteriormente visto. Somos más animales que nunca, y esto nos complace. Más hombres, hasta las mujeres. Pero no nos engañemos, pues siempre estuvo ahí esa complacecia por la sangre y la brutalidad, desde la noche de los tiempos: ¿Alguien ha superado todavía la masacre de los pretendientes cantada por Homero en La odisea? Todavía no. Tarantino, güey, ya llegas tarde.

Perros de paja (Straw Dogs, 1971). Dirección: Sam Peckinpah. (****, de 4). Más información.

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